Una flor por nada
La Flor
Él había observado el gesto casi infantil de su mujer con un
cierto grado de ternura y no le dio más importancia, pero cuando pasó bastante
tiempo, empezó a inquietarle. Ella había sido una mujer espléndida y aún
conservaba gran parte de su belleza; sus grandes ojos negros, a juego con su
media melena oscura, lo miraban cada día con la expresión de quien ofrece
sinceridad a dosis fijas, mientras guarda para sí parte de su intimidad. Un
buen día él le lanzó la pregunta de forma abierta y esperando descubrir algo
más, de la que durante tanto tiempo había sido su esposa. -¿Porqué conservas
aún en la mesilla de noche esa flor de papel?- Ésa, que luchaba por mantener su
color, era una bella flor de papel de seda en la que aún se podía distinguir su
forma original, a pesar del tiempo que había pasado desde que unas pequeñas
manos la habían engendrado. Sin duda, una flor bonita, sencilla y discreta que
ocupaba un espacio importante en su mesilla de noche junto a su apreciada
lámpara de cristal, justo encima del cajón donde guardaba su joyero preferido.
Cuando escuchó la pregunta de su marido, no pudo dejar escapar una leve sonrisa
en su cara, pensando en cuánto había de duda y cuánto de celos en ella. Años
atrás, en una noche de verano, se habían colado en una verbena de barrio casi
por casualidad y terminaron bailando y participando, prácticamente, con todas las
personas de aquella fiesta. En un momento, una niña rubia que no debía de tener
cumplido los ocho años, se acercó a la pareja y le entregó esa flor a la mujer;
acto seguido la chiquilla desapareció corriendo casi avergonzada. La mujer
guardó esa flor con mucho cariño y cuando su marido le preguntó por qué la
conservaba aún, ella contestó: “Porque fue la primera vez que alguien me dio
una flor sin tener nada que agradecerme o para pedirme algo a cambio”.
El regalo
Una flor por nada, podría ser un buen eslogan para los
floristas de este país que, como otros colectivos, no están muy boyantes. Esta
semana, en pleno Febrero, harán su agosto y la cuestión es, si no hemos
desvestido de sentido un gesto tan sencillo como regalar una o mil flores o si
lo hacemos como parte de un acuerdo donde agradecimiento y petición van de la
mano, nunca mejor dicho. Dar por nada y sin esperar nada a cambio, dicen, que
es la esencia del amor y puede que sea cierto. Entonces, como decía el poeta,
el amor verdadero existe, pero es un espécimen muy extraño. Por otra parte,
también podemos sacar otra interesante lección y es que quizás sea cierto
aquello de que muchas de las mejores cosas que puedes obtener en esta vida, son
gratis.
En esto hay experiencias interesantes, como la del colectivo
que ofrecen abrazos gratis para dar felicidad, aunque el encanto se pierde
cuando visitas su Web y amablemente te invitan a colaborar con la causa comprando
una de sus camisetas. Para aquéllos que se rascan el bolsillo en estas fechas,
con tal de “cumplir” con la persona supuestamente amada, tal vez les vendrían
bien combinar ese esfuerzo económico con algo de imaginación ya que, por más
que nos duela, hay cosas que el dinero no puede comprar.
Hace ya, algunos años, que él ahorró una importante cantidad
de dinero para hacerle un bonito regalo sorpresa como le había prometido. Ella
le preguntaba insistentemente cuál sería ese obsequio tan especial, así que él
decidió escribirle un soneto para contárselo. Después de leerlo con mucha
atención, ella sintió una profunda emoción al saberse tan querida y le confesó
que le encantaba aquel regalo tan
singular, a lo que él replicó que el soneto no era el regalo… el regalo estaba
escrito en la primera sílaba de cada estrofa; entonces ella pudo leer: Unos
pendientes.
Porque cuando haces un regalo, lo hacemos por agradar y porque tal vez, sólo tal vez, hoy como ayer un beso y una flor sigan siendo un buen regalo. . .



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